jueves, 19 de abril de 2012

0 Ninguna sociedad se explica con ceros y unos (y II)


Para dar por demostrada una tesis no sólo deben aportarse datos que la apoyen, también otros que, al menos en apariencia, la contradigan, con vistas a refutarlos o interpretarlos de algún modo que permita sobrevivir a aquélla. No hace falta ser un experto en religión comparada para comprender que, a la hora de tratar de demostrar que el protestantismo, a diferencia del catolicismo, considera el trabajo agradable a Dios, habría que aludir a lo que tienen que decir al respecto personajes tan caros al catolicismo como Santo Tomás de Aquino o Santa Teresa de Jesús. O José María Escrivá de Balaguer.
Tampoco parece justo condenar a las naciones católicas por no respetar la división de poderes, cuando fue precisamente en ellas donde primero se registró una separación –todo lo imperfecta que se quiera– entre las esferas civil y religiosa, separación que fue destruida en buena parte por la Reforma protestante allí donde triunfó. Cuando Vidal afirma que la Reforma supuso un gran avance financiero no sólo no aporta datos que respalden tal posición, sino que deja de lado el hecho de que la banca moderna nació, como tantas otras cosas, en las bien católicas repúblicas italianas; y que si examináramos el tamaño de nuestro sector financiero y su proyección internacional en la actualidad no saldríamos precisamente mal parados en una hipotética comparación con naciones de mayoría protestante.
Del mismo modo, siendo muy admirables los trabajos del protestante John Locke, al que se podría considerar con justicia uno de los padres del liberalismo, ha de consignarse que en su tratado en favor de la tolerancia religiosa hacía una notable excepción: la religión "papista". Tampoco la teocracia ginebrina de Calvino –cuyas prohibiciones en muchos casos recuerdan a las de los talibanes– puede considerarse un ejemplo de tolerancia ni de Estado de Derecho: vivimos en una país en cuyas escuelas se solía mencionar, al menos en mis tiempos, la triste historia de Miguel Servet, ejecutado en Ginebra, y no en España, por interpretar la Biblia de forma distinta a la del tolerante reformador francés.
Así se podría seguir casi tan prolijamente como don César; bueno, igual no, porque en capacidad de escritura sólo Asimov podría igualársele. Pero tampoco creo que haga falta para concluir que ninguno de los males que denuncia es exclusivo de España ni de los países católicos en su conjunto. Por cierto: conviene no olvidar que las virtudes y los defectos que señala Vidal no están uniformemente repartidos en el seno de las sociedades: en Estados Unidos, los asiáticos muestran un desempeño económico mejor que los blancos anglosajones y protestantes, y difícilmente pueda explicarse este hecho aludiendo a la Reforma y a la Contrarreforma.
Cuando se aborda la formidable tarea de intentar explicar (y comparar) las sociedades, conviene huir tanto del multiculturalismo, esa fe irracional en que las culturas tienen todas el mismo valor, como de la tentación de encontrar en algún aspecto cultural la piedra filosofal que todo lo explique, error en el que han caído muchos pensadores y numerosas ideologías. Por más aprecio que, por obvios motivos profesionales, tenga a los sistemas binarios, es un error asignar un valor de 1 a la religión protestante y de 0 a la católica; o al revés, ya que estamos. Las disputas teológicas no explican todos los procesos sociales.

Daniel Rodríguez Herrera
Libertad Digital

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