martes, 14 de mayo de 2013

0 Angela Merkel fue franquista


Dos periodistas alemanes han escrito un libro sobre la primera vida de Angela Merkel. Le han hecho, por así decirlo, una memoria histórica. La canciller alemana, como es sabido, vivió sus primeros treinta y cinco años en la extinta Alemania oriental y comunista, que no se llamaba comunista porque los comunistas conocían bien la magia de las palabras. La supuesta revelación sensacional de los autores, Reuth y Lachmann, es que Merkel estaba más conforme con el sistema de lo que se había pensado. Dicen que no fue una científica tan apolítica como se creía, y que inspirada por la perestroika de Gorbachov se hizo partidaria de un "socialismo democrático", aunque no muy partidaria, ¡ay!, de la reunificación alemana.
Vaya descubrimiento. Tras hurgar en archivos y recabar testimonios, los periodistas de Bild Welt nos imparten que Merkel hizo y pensó lo que tantos de sus compatriotas. Quizá traducido al español se aprecia mejor el valor de su hallazgo: mientras vivió y trabajó bajo la dictadura, Angela se adaptó al régimen y fue una franquista que creyó en la posibilidad de una reforma interna. La RDA comunista duró cuarenta años. Como la dictadura del general Franco. Una dictadura, sea totalitaria o autoritaria, suele generar, digámoslo suavemente, una base social afín o simplemente conformista. Para muchos, es la manera de vivir sin grandes problemas. Lamentable, sí, la comodidad, pero es humano buscarla.
Otra cosa sería que Merkel se hubiera inventado un pasado de disidente. Un pasado antifranquista, como ha hecho en España hasta el gato. Que la canciller hubiera contado sus carreras delante de los grises, en su caso de los vopos, y demás episodios que nutren la mitología de nuestro antifranquista retrospectivo. Aquí los hay que siendo bebés brindaron felices tras la muerte de Franco. Pero Merkel, por no decir, no dijo nunca que brindara con champán cuando cayó el Muro. Y eso cuenta en su favor. Porque lo insoportable no es que haya gente que, por tal o cual motivo, se amolde a una dictadura. Lo estomagante está en los tipos que nos quieren convencer de que eran los activos y arriscados oponentes que no fueron.
El auténtico disidente, el que sí estuvo, valora, en una transición política, cuanto conduzca a la reconciliación. Es comprensivo con esos cambios de chaqueta discretos, que permiten hacer el tránsito sin traumas. El sobrevenido no para de restregarnos su ficticio pasado y es implacable en el ajuste de cuentas con el ya fenecido y olvidado régimen anterior. ¡Qué cruz! Por suerte para Merkel, y para Alemania, allí no tienen un Garzón.
Cristina Losada / Libertad Digital

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